25/9/08

LOST: ¿McGuffin o no?


Artículo de Manuel Garín antes del inicio de la cuarta temporada:

De entre todas las ficciones de nuestro ‘puñado de series’ hay una que exige, de modo drástico y claramente distanciado del resto, un cambio de óptica. Un cambio de registro que nos desvíe de la estética y el análisis audiovisual e irrumpa sin tapujos en el territorio del mito, en aquello que vertebra los lugares comunes y los límites de una comunidad. Lost es la serie de esa comunidad, vasta, heterogénea y descaradamente global, más allá de la oficialidad del término, desde lo cotidiano de una descarga, tres horas perdidas de blog en blog y el placer de ver a la industria arrastrarse, aunque sólo sea por unos segundos, tras el rastro bastardo y fulgurante de una ficción.

El germen de una mitología

Tras los tejidos de una u otra serie casi siempre encontramos la distancia que separa el peso, la presencia o el cuerpo de un personaje de su codificación simbólica, su función o su especificidad narrativa. Caminamos por una suerte de ciénaga que confunde: ¿acaso no es la ambigüedad de esa distancia, su naturalidad, aquello que nos hace obsesionarnos con un personaje y sus historias? ¿Qué sentido tiene ponerse a delimitar la fisicidad de un cuerpo de la narrativa que los sustenta, la emergencia real del valor mitológico? Ningún sentido, desde luego, pero imaginar esa distancia como algo medianamente cuantificable nos ayudará en nuestra búsqueda[1]. Cualquier personaje de Lost tiene su presencia corporal, su humanidad, su rastro ‘real’ podríamos decir, pero si lo comparamos con cualquier personaje de Los Soprano la distancia aflora: el primero toma rápidamente la apariencia de un puñado de líneas de guión, símbolos y valores ficcionales ante la emergencia del cuerpo del segundo. Jack Sephard es Jack Sephard, sí, pero sobre todo es el pastor, el líder mesiánico, la responsabilidad y la culpa o cualquier otro contenido que encaje. Tony Soprano es Tony Soprano.

En ningún caso esto supone una mengua para Jack Sephard y sus compañeros, más bien al contrario, lo fascinante de una serie como Lost es su capacidad para absorbernos desde la misma narratividad de sus personajes, desde el simbolismo flagrante y a menudo reiterativo que enhebra tramas, hipótesis y conspiraciones un episodio tras otro. Un personaje puede parecernos más o menos ‘creíble’, irritarnos o menguar en la media del reparto, pero lo importante es que la estructura de la serie gravita sobre ese pacto con el espectador: “yo le voy a marear enroscando y desenroscando la madeja, usted sabe que esto es un hilo, de hecho en muchas ocasiones voy a hacer muy evidente que esto es un hilo, un hilo cursi incluso, pero ambos sabemos que no podrá vivir sin descubrir qué hay del otro lado, no importa cuan profunda sea la madeja”. Semejante mecanismo puede extenderse a infinidad de películas y series, pero en Lost ese pacto ficcional está directamente anclado en el símbolo, en la cábala internáutica y el relato comunitario. El suspense, la acción o la hibridación de género contribuyen al conjunto, no hay duda, pero lo que sostiene la espiral de nuestros náufragos contemporáneos es algo más cercano a la psicología de masas y al manual de autoayuda: ruptura, ocultación, búsqueda y pérdida del sentido, los interrogantes y las respuestas, una comunidad y sus relatos fundacionales, el mito.

Hay en Internet algo así como una red interpretativa alrededor de Lost. Las semillas dispersadas por los creadores de la serie han germinado en foros, blogs, asociaciones y sociedades secretas que pueblan todos los rincones de un imaginario web cada vez más amplio. Existe la conciencia de un ritmo de descarga, de una codificación compartida, ansiada, en un circuito de incógnitas y rumores que nutre los espacios vacíos de ficción; una colmena que se erige entre lo espontáneo y lo cotidiano, que reúne su cadencia variopinta de fanáticos, freakys, enterados y profetas de luengas barbas. Por si fuera poco todo ello se combina con un sistema de globalización –división del trabajo- perfectamente engrasado: apenas un día después de la emisión de un nuevo episodio hay disponibles versiones en varios idiomas, cuya integración de subtítulos ha corrido a cargo de un pequeño ejército de abejas obreras que enhebran el entramado mitológico de Lost. La serie acertó al transplantar las raíces de una simbología comunitaria: nombres arquetípicos, históricos y filosóficos para la mayoría de personajes, conexiones religiosas a gogó, punto exacto de predestinación y magia colectiva, numerología constante, léxico bíblico/apocalíptico, organizaciones secretas entre la ultratecnología y la mística, animales, escotillas, mensajes cifrados en Super8… Pero lo desconcertante es hasta que punto esos materiales han cobrado dimensión colectiva a través del espectador, de la Comunidad Lost, hasta que punto se han convertido en los símbolos de una nueva religión, de un mito que interroga y transforma en cada temporada. [2]

Un grupo bien definido de palabras se repite en esa maraña de textos, rumores y opiniones sobre la serie: significado, interpretación, teoría, análisis. ¿Acaso hay alguna duda sobre el trasfondo simbólico de Lost, sobre la necesidad de consumir y socializar esa especie de religión televisiva? Uno de los más célebres practicantes de la liturgia de la isla, el escritor Stephen King, ha llegado a establecer una relación identitaria con la serie mediante su columna en la revista Entertainment Weekly, donde además de relacionar Lost con referentes clásicos e ineludibles de la serialidad televisiva -de La dimensión desconocida a Expediente X pasando por hitos como El prisionero- llega a dar consejos al equipo de guionistas sobre la necesidad de concluir orgánicamente la serie, de dar un final al corpus simbólico que han construido: “Memo to Abrams and the staff writers: Your responsabilities include knowing when to write the End” [3]. Más allá de otorgar legitimidad a la serie, resulta revelador detenerse en las reflexiones del autor de The Shining en tanto que reiteran un núcleo mismo simbólico, ‘el germen de una mitología’ según sus propias palabras. Y eso es precisamente lo que ha conseguido Lost, dar a luz un relato colectivo que potencia la narratividad, la génesis, sobre el género o cualquier otro registro audiovisual. Una batidora de historias, parábolas y profecías.

¡Chicos, ese McGuffin ha escapado!

La batidora es, en nuestra pequeña digresión por la serie, el pseudónimo de un McGuffin, de un gigantesco McGuffin que –como cualquier fan de Lost sabe en su fuero interno- se llama Isla. Pero bien podría llamarse Iniciativa Dharma, o Jacob o Chanquete o incluso Pentecostés, poco importa de qué se trate cuando la batidora es capaz de producir semejante orgía ficcional, semejante contenedor de recortes, falsas pistas, preguntas, preguntas, más preguntas y abrir y abrir y abrir y no saber ya quién es Otro quién es quién y quién es de aquí o de más allá o de la playa de enfrente. Sin duda es una exageración, ¿pero qué es Lost sino una exageración llevada al extremo? Los creadores han prometido que los diversos enigmas tienen una explicación y que ésta será mostrada a su debido tiempo, en el transcurso de la serie. Pero nos parece que, incluso respetando la integridad de la ‘obra’ y demás, semejante promesa es casi una perogrullada, ¿acaso no son esos cabos sueltos, esos enigmas sin resolver, esas preguntas sin respuesta, lo que convierte a la serie en lo que es, lo que nos regala la fantástica plataforma de juego, alteración y combinación ficcional que es Lost? ¿El McGuffin inabarcable?

Culminando el movimiento que la precede, la tercera temporada está plagada de esas piruetas en descontrol: los episodios de Desmond, el guiño de los amantes enterrados, el descubrimiento del ‘pequeño Ben Linus’, la misión de Locke y papá Sawyer, el imponente flash-forward que cierra el episodio final… Quién sabe si este aparente descontrol tan fértil y heterogéneo se debe a una falta de atención, a un despiste o una estratagema comercial fallida (J.J.Abrams está demasiado ocupado gestionando su éxito y, ¡tachán! los guionistas se vuelven locos) pero es evidente que el dispositivo toma cuerpo y se descontrola. Una especie de vale-todo fascinante que compensa los momentos fallidos –Ben, Locke y el hombre invisible- con imágenes de un poder simbólico más allá de lo convencional –Locke en la fosa común, toda la estación de La Perla- llevando a Lost a una suerte de éxtasis del McGuffin. La espiral de imposibles acaba por vencer a cualquier necesidad de clausura, con la batidora a plena potencia.

¿Por qué no acabará así?

De entre la galería de experimentos de esa tercera temporada hay un episodio que, como se ha dicho, marca un punto y aparte en la línea de la serie: se trata del doble episodio de cierre. Pese a contradecir el espíritu de nuestro paseo serial –en el primer artículo de ‘Por un puñado de series’ prometimos minimizar los spoilers- nos parece ineludible concluir el trayecto de nuestra batidora en esta obra maestra de la serialidad contemporánea. Suena grandilocuente pero creemos que es así. Baste decir que en el momento de máxima tensión, cuando la trama parece llegar al punto de no retorno, al centro identitario de toda la serie, Lost nos regala una fractura, una suspensión trágica que sólo puede llamarse Límite. Permitirse semejante genialidad sin dejar de mantener la batidora a tope es, como mínimo, prueba de que en algún lugar de Hollywood, en algo así como el desván de las series televisivas, se están haciendo cosas. Se están haciendo cosas con ese monstruito que solemos llamar Ficción. ¿Y cuáles son los ingredientes de nuestro batido de cinco dólares?

/ Turbulencia / Intento de suicidio / Accidente / Trampa / Éxodo / Tortura / Oráculo / Matanza / Contraataque / Decisión / Código / Traición / Chantaje / Confesión / Fracaso / Renuncia / Intento de suicidio / Resurrección / Velatorio / Asesinato / Negociación / Duelo / Adicción / Exterminio / Cuenta atrás / Paliza / Gag / Reencuentro / Atropello / Casualidad / Muerto viviente / Explosión / Sacrificio / Comienzo del fin / Duelo / Rescate / Futuro / Error / Vivir /

Nos permitimos un pequeño alto en el camino para recordar al lector el sentido de esa palabrita mágica de la cinefilia: el McGuffin es, según su Maestro, el rodeo, el truco, la excusa, el vacío que sustenta la trama de una película y desvía la atención del espectador para construir el suspense. Es el documento secreto, el papel clave, la fórmula perfecta, cuya expresión más pura es la nada y cuya leyenda reza así: “... conviene preguntarse de dónde viene el ‘McGuffin’. Evoca un nombre escocés y es posible imaginarse una conversación entre dos hombres que viajan en un tren. Uno le dice al otro: ‘¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red?’. Y el otro contesta: ‘Oh, es un McGuffin’. Entonces el primero vuelve a preguntar: ‘¿Qué es un McGuffin?’. Y el otro: ‘Pues un aparato para atrapar leones en las montañas Adirondaks’. El primero exclama entonces: ‘¡Pero si no hay leones en las Adirondaks!’. A lo que contesta el segundo: ‘En ese caso, no es un McGuffin’” Alfred Htichcock en El cine según Hitchcock, François Truffaut, Alianza, 1974. No hay más que sustituir a los pobres leones por simpáticos osos polares.

No hay comentarios: